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La Vendedora de Ilusiones

Sólo una vez crucé a La Vendedora de Ilusiones, en Recoleta.

Fue hace unos cinco años, mientras caminaba por la calle Junín o Vicente López, ya no lo recuerdo bien. Sí recuerdo vívidamente, en cambio, que fue el mismo día en que presencié cómo tres perdedores conversaban sobre el futuro, en una confitería de la zona, y en que otro hombre simulaba tomar café en el McDonalds del Village, para refugiarse del frío invernal que asolaba las calles, afuera.

Por supuesto, La vendedora de Ilusiones a la que me refiero no es Guillermina Mieri, agente de turismo, aunque sí podría tratarse de Telma Iggins, la protagonista y “adivina” del cuento Noche Macabra.

Eso es justamente lo que pensé cuando la conocí: que esta mujer era una de las tantas “adivinas” que cada día (y sobretodo, los fines de semana) instalan su pequeña mesita en Plaza Francia y le cuentan a los caídos en desgracia los avatares que les depara el futuro.

La vendedora de Ilusiones era una mujer de unos cuarenta años, de una apariencia estándar aunque con cierto grado de extroversión.

Era una mujer directa. Me detuvo en la calle y me preguntó si quería una Ilusión.

Le sonreí y le pregunté por el valor de las ilusiones que ofrecía; me informó que las ilusiones costaban sólo cincuenta centavos. Repleto de ilusiones y de incredulidad, le agradecí el gesto y me despedí. Sólo por cortesía, o por si acaso, le pregunté si ante cualquier eventualidad podía encontrarla por la zona; me aseguró que sí, que siempre estaba allí y que todo el mundo la conocía. “Además, vas a necesitarme”, me dijo en tono de advertencia.

Cuando meses después mi castillo de ilusiones se derrumbó, decidí ir en su búsqueda. Quizás las ilusiones continuaran cotizando a un valor tan bajo como entonces.

Busqué en cada rincón de Recoleta. Busqué en cada puesto adivinatorio, en cada club nocturno (quizás lo de Vendedora de Ilusiones tenía otras lecturas), en cada café lleno de hombres desilusionados. Nadie la conocía, nadie sabía de ella.

Lentamente, la Vendedora de Ilusiones de Recoleta se convirtió en mi Zahir, en una obsesión insoportable, en un estado de desilusión permanente.

Hoy, tanta es mi desesperación que, casi abatido, me he sumado a este proyecto (www.recoleta.com.ar) con el único e incomprensible objetivo de que, incapaz de encontrarla yo a ella, la visibilidad de este medio permita que ella me encuentre a mí.

Y me salve.

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